Toda corriente de opinión suscita una novelística, con excepción de la derecha chilena, cuya única novela conocida –y no alcanza para “novelística”-- es mía: “Está Temblando”. Tuvo dos ediciones y alcanzó a pasar dos semanas entre los “best-sellers” en 2005, antes de ser lanzada al tarro de la basura por los críticos. Recuerdo con precisión hasta qué capítulo alcanzó a leer el de “El Mercurio” antes de entregar su crítica a “Artes y Letras”, porque se notaba perfectamente en su comentario que, por falta de tiempo o lata, no alcanzó a terminar de leerla. Pero gracias por publicar algo. Él no era entonces el principal crítico del diario, pues en esos años lo era un sacerdote del Opus Dei. Éste no se habría rebajado a reseñar una novela de un dilettante como yo. Pero un numerario amigo me dijo que les había aconsejado no leerla. Le pregunté si porque la había considerado inmoral, pues tenía algunos pasajes pícaros, pero, después de averiguar un poco más, me explicó que el crítico la desaconsejaba simplemente por mala. Y yo me quedé con ese veredicto y la derecha sin novelística.
Ahora hay un sector, el de los cerebros lavados, que está empezando a construir una. Me refiero a los y las, como se dice ahora, que cambiaron su juicio acerca del Gobierno Militar entre 1990 y hoy día. ¿Quiénes les han lavado el cerebro? Lo hicieron entre la DC, la izquierda, Aylwin y Piñera. El primer promotor del lavado fue Aylwin II con su obra magna, “Informe Rettig”, destinado a culpar a los militares y exculpar a los marxistas. Porque Aylwin I había sido el que llamó a los militares a echar a los marxistas y, en octubre de 1973, justificaba que mataran extremistas. Aylwin II fue el de 1990-91, que execró a los militares ante el país y el mundo y negó haber dicho lo que había dicho en 1973. Para su mala fortuna, tanto I como II quedaron registrados para perpetua memoria en YouTube en una sola grabación.
Ahora me entero, a través de “El Mercurio”, de que una escritora llamada Ana María Ugarte toma el estandarte de la novelística de los cerebros lavados en su obra “Acerca de la Cosas Perdidas”. Una entrevista a la autora de Daniel Swimburn de hoy, domingo 22, en A11, lo explica todo, pues ella declara sobre su novela: “…también muestra un tema que se suele eludir: la realidad de aquellos que estaban cómodos con lo que a finales de los setenta nombrábamos como ‘gobierno militar’. Los mismos que con los años nos fuimos dando cuenta de lo que había ocurrido”.
“Estaban cómodos”: Chile era un país pacificado y próspero después de la amenaza de guerra civil y ruina de la UP, y ese país crecía aceleradamente. Había derrotado al ejército paralelo del 73 y, según la propia estadística del Informe Rettig, los caídos en enfrentamientos contra el terrorismo eran sólo nueve en todo un año, en 1978. ¿Cuál era el estado de ánimo de la gente? Obvio: con toda razón “estaba cómoda”.
Este párrafo de una carta de 1977, de Eduardo Frei Montalva a su yerno Eugenio Ortega lo confirma: “Ayer (6 de marzo de 1977) fui al Estadio a ver el partido Chile-Perú. Nunca he visto un Estadio más repleto. A ese Estadio repleto y ya oscuro, porque había luz artificial, llegó Pinochet. Hubo un aplauso de todo el Estadio. No puedo asegurarle si las galerías se pusieron de pie, pero en la parte en que yo estaba, en las galerías colindantes a las marquesinas, en una de cuyas orillas estaba, vi que se ponían de pie. No hubo un solo chiflidito. Quedé muy impactado. A mí todo el mundo me saludó en forma especialmente cordial. Donde yo estaba había mucho pueblo, y la verdad es que cuando llegó Pinochet se pararon como movidos por un resorte y aplaudían a rabiar. Este es el Chile de hoy.” (Citado de “Augusto Pinochet: el Reconstructor de Chile” de Sánchez, Francisco y Schiappacasse, Mauricio, Maye, Santiago, 2010, y a su vez extraído de la biografía de Frei, de Cristián Gazmuri).
Al parecer, entonces, demasiados “estaban cómodos con el gobierno militar”. ¿Qué les sucedió después de 1990? Que “se fueron dando cuenta”. Traduzco: a todos, pero todos, les lavaron los cerebros. Una hemorragia izquierdista de novelas, ensayos, relatos, películas y teleseries contaron el gran cuento de “las violaciones sistemáticas a los derechos humanos”. Tanto que Ana María Ugarte, superada por la marea propagandística, se pregunta: “¿Dónde estuve? Esa pregunta me la hice a finales de los noventa, luego de ver un Archivo en la Vicaría de la Solidaridad. No tenía respuesta. Esa falta de respuesta me impulsó a escribir el libro”.
Claro, el Archivero de la Vicaría que formó ese archivo que ella leyó era un alto jefe comunista y del grupo terrorista FPMR, José Manuel Parada. Cosas de los santos curitas chilenos. La Vicaría se convirtió en los 80, de hecho, en un brazo logístico del FPMR: les procuraba defensa judicial gratuita a los guerrilleros y atención médica a los heridos en atentados. Gozaba de impunidad judicial, pues su jefe, el obispo Valech, no le quiso entregar al ministro en visita José Cánovas Robles, tras el asesinato a mansalva del carabinero Miguel Ángel Tobar, las fichas de atención pagadas por la Vicaría en la Clínica Chiloé, donde atendían a los guerrilleros heridos. Y esa obstrucción a la justicia quedó impune.
Los cerebros lavados se tragaron todos los relatos del jefe comunista-FPMR y convertidos en la teleserie “Los Archivos del Cardenal”, y la audiencia cautiva se preguntó, entonces, después de 1990, “¿dónde estuve?” Yo les voy a decir dónde estuvieron: en un país pacífico, que combatía con éxito a los terroristas, crecía al siete por ciento al año y la gente vivía tranquila y sin temor a la delincuencia, a los asaltos y a los portonazos, viendo mejorar su nivel de vida y sin sombra de un conflicto mapuche en la Araucanía, donde imperaban la ley y el orden y la mayoría era partidaria del Gobierno Militar, según reveló el plebiscito de 1988.
¿Dónde estuvo Ana María Ugarte? En un excelente país en que la gente se “paraba como movida por un resorte” (Frei dixit) a aplaudir a Pinochet. Nada que ver, por cierto, con la versión inoculada a los cerebros lavados, donde “desaparecían miles de personas” no obstante que el Informe Rettig revela una verdad: entre 1978 y 1990 desaparecieron por enfrentamientos menos de dos personas al año, en un país en que cada año había cerca de diez mil denuncias de “presunta desgracia” (hoy son 40 mil y cerca de tres mil no son encontradas en el mismo año).
En resumen, todo hace presumir que “Acerca de las Cosas Perdidas”, de Ana María Ugarte, nueva exponente de la novelística de los cerebros lavados, revela cómo se perdieron, al menos, dos de esas cosas: la verdad y la memoria.
Fuente: http://blogdehermogenes.blogspot.cl/2017/10/la-novelistica-de-los-cerebros-lavados.html
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domingo, 22 de octubre de 2017
viernes, 23 de junio de 2017
Traspié de la Justicia de Izquierda - por Hermógenes Pérez de Arce
La tarea principal y conjunta de la izquierda, la DC “vuelta de chaqueta” y la derecha piñerista “arrepentida” después de 1990, ha sido demonizar a Pinochet. Una de las primeras estrategias que adoptaron fue buscar acusarlo de corrupción, ya que en lo político no podían ocultar que salvó al país de la guerra civil, lo devolvió a la democracia, lo sacó de la retaguardia subdesarrollada y lo puso a la cabeza del crecimiento latinoamericano.
Pero en medio del denigratorio “juicio por los diarios” se toparon con que Impuestos Internos examinó todos los ingresos y gastos del ex Presidente, de 1973 a 1990 y sólo encontró, en casi 17 años, una diferencia de apenas 544 mil dólares (“La Tercera”, 08.10.05), que poco después se demostró ridícula, porque desde los Presidentes y ministros para abajo los gobernantes de la Concertación se llevaban gastos reservados “para la casa” en sobres con billetes y sustraían CADA DOS MESES lo mismo que el Director socialista del SII le imputaba a Pinochet haber percibido extra en casi 17 años.
Con el acuerdo de Longueira y su gente los receptores concertacionistas de sobres con billetes no sólo fueron perdonados (“hecha la trampa, hecha la ley”), sino que premiados, pues el monto que antes sustraían clandestinamente fue incorporado a sus sueldos. En ese tiempo don Patricio Aylwin, bajo cuyo gobierno comenzó esa práctica, le confesó a “El Mercurio”, con su candor característico: “Fue una corruptela”.
El famoso caso del Banco Riggs, usado para enlodar a Pinochet, se generó en 1996, cuando el dueño de ese banco vino a Chile, le manifestó su admiración política al general y lo convenció de que, si depositaba sus ahorros en ese banco obtendría una alta rentabilidad. Como la Concertación buscaba por todos los medios, en alianza con la justicia de izquierda, perseguir a Pinochet hasta desprestigiarlo y arruinarlo, éste hizo lo que el instinto aconseja en casos como ése y “ocultó la billetera” en el Riggs y otros bancos del exterior.
Cuando el Consejo de Defensa del Estado, controlado por la izquierda, descubrió una cuenta de Pinochet en el Banco Espíritu Santo de Miami, demandó a la institución en Estados Unidos acusándola de prestarse para un “lavado de dinero”, “fraude fiscal” y “malversación de fondos públicos”, con enorme publicidad y la complicidad de la prensa dominante local. El banco mandó a un abogado a Chile, con quien me reuní y al cual probé que Pinochet había sido un gobernante honesto y, finalmente, el Banco Espíritu Santo ganó el juicio al Consejo de Defensa del Estado y la justicia norteamericana declaró que los fondos depositados en Miami eran bienhabidos. Por supuesto, esta noticia no se dio en Chile, donde quedó flotando sólo el escándalo de los anuncios iniciales de las odiosas abogadas de izquierda que había interpuesto la demanda y seguido otro “juicio por los diarios” contra el ex Presidente.
La persecución inicialmente quedó en manos del más izquierdista de todos los jueces, Carlos Cerda, que partió por sí y ante sí ordenando la detención de toda la familia del ex Presidente. Su tinglado se vino abajo completo y la familia resultó sobreseída, pero entonces Cerda y sus sucesores en la causa descubrieron que los ayudantes personales del ex Comandante en Jefe habían abierto, desde hacía muchos años, cuentas para gastos en el exterior que necesitaran hacer, en el Banco Riggs. Y así, el “caso Riggs” pasó a ser el de las cuentas de los oficiales ayudantes y pudieron seguir voceando que había “lavado de dinero”, “malversación de caudales públicos” y “fraude al fisco” para formar “la fortuna de Pinochet”.Tras su paroxismo inicial de ordenar la detención de toda la familia, Cerda alcanzó su epifanía cuando fue a interrogar a su casa al ya anciano y decaído ex Presidente y comenzó con la siguiente pregunta de antología: “A ver, cuénteme sus diabluritas”.
Eso escandalizó hasta a los más críticos de Pinochet, como lo expresó el historiador Gonzalo Vial en su columna de “La Segunda”.
Hace pocos días la Corte de Apelaciones de Santiago ha terminado de absolver a los ocho oficiales que fueron ayudantes o secretarios personales del Comandante en Jefe del Ejército entre 1981 y 1997, a seis de los cuales el último ministro sumariante de izquierda a cargo de la persecución, Manuel Valderrama, había condenado a cuatro años de presidio por supuesta malversación para enriquecer al Comandante en Jefe.
Con esto se viene abajo el tinglado armado por Cerda, premiado hace no mucho por la “Alianza del No”, que va desde el comunismo hasta el piñerismo, con el ascenso a la Corte Suprema. Cerda, merced a su tesis de que si él no estaba de acuerdo con las leyes, peor para las leyes, estuvo al borde de ser marginado del Poder Judicial en los ’80, pero como era de izquierda se salvó y con el tiempo cayeron en sus manos las querellas comunistas y socialistas contra el ex Presidente, acusándolo de enriquecerse con el uso de gastos reservados del gobierno.
Como era un proceso político, el ministro sumariante y sus sucesores se aferraron a una última tabla que flotaba, las cuentas en el Riggs de cada uno de los ocho oficiales secretarios privados o ayudantes personales del Comandante en Jefe desde 1981 hasta 1997 y que utilizaban tal cuenta para las compras en el exterior. El movimiento en ellas era, en general, de poca monta. Cuando cada uno terminaba su gestión, cerraba la cuenta y se abría otra en el mismo banco a nombre del sucesor, a la cual se trasladaban los fondos de la primera. Para mala suerte de los ministros sumariantes de izquierda, hubo dos oficiales que conservaban hasta hoy la documentación del movimiento de la cuenta, Guillermo Garín y Gustavo Collao, y el respectivo sumariante se vio obligado a sobreseerlos, porque todos sus comprobantes estaban en orden y no había constancia de uso indebido de fondos públicos. De los seis restantes, hubo uno que fue procesado y condenado por haberse limitado a depositar, una vez y por orden del Comandante en Jefe, un cheque de 23 mil dólares en la cuenta y simplemente no recordaba, después de más de veinte años, ni el motivo ni el origen del depósito, “delito de olvido” que no está en el código, no obstante lo cual fue condenado a cuatro años de presidio.
Ahora la Corte de Apelaciones lo ha absuelto también a él y los otros cinco oficiales condenados, por haber prescrito el supuesto delito. Y como era la única causa en que se basaba el “caso Riggs”, el embargo o comiso de los bienes de la sucesión del ex Presidente ha debido alzarse.
Este proceso era el altavoz de los del “No” para denostar al ex Presidente y exponer propagandísticamente, en el acostumbrado “juicio por los diarios”, la llamada “fortuna de Pinochet”. Cuando el sumariante fue Sergio Muñoz, hoy en la Corte Suprema, propagó la cifra de 27 millones de dólares, sólo había embargado dos millones, teniendo facultados para incautar el total.
El último sumariante, Manuel Valderrama, pidió –de manera igualmente innecesaria-- otro informe, ahora a la Universidad de Chile, y rebajó la “fortuna” a 21 millones de dólares. Pero la sucesión del ex Presidente había encargado a un perito la misma tasación y determinado un patrimonio de siete millones de dólares. Sin embargo, de hecho, el tribunal del “caso Riggs”, con atribuciones para incautar cualquier bien del ex Presidente en Chile o el mundo, sólo incautó seis millones de dólares, que es el monto ahora liberado.
Debe advertirse que el general Pinochet había hecho una declaración jurada de bienes en 1973, al asumir el poder, que en plata de hoy equivaldría a unos dos millones de dólares. Su fortuna real en 2005 se explica fácilmente con sus ahorros como gobernante y la posibilidad de invertir sus fondos previsionales en acciones del capitalismo popular, como lo hicimos seguramente todos los que teníamos derecho a indemnización por años de servicio, la cual se permitió emplear para comprar acciones de Endesa, Compañía de Teléfonos y otras empresas privatizadas que, con el tiempo y gracias a la privatización, multiplicaron su valor.
También hay que reiterar que su cuenta en el Banco Riggs la abrió Pinochet a invitación del dueño de ese banco en 1996, cuando éste visitó Chile y le manifestó su admiración política al general. Esto consta del informe del Senado norteamericano que dio cuenta de la investigación sobre las inversiones del mandatario chileno, informe en el cual, aun adjudicándole la propiedad de 125 cuentas de personas que estimó “de su entorno”, llegó a una cifra total de siete millones de dólares.
Ayer en la mañana fui entrevistado por CNN sobre la sentencia recaída en el “caso Riggs” y dije las cosas escritas más arriba. Salí “en vivo y en directo” a las nueve de la mañana, pero en el resto del día sólo han repetido las declaraciones del abogado comunista Hugo Gutiérrez y de la abogada socialista Carmen Hertz criticando el fallo de Apelaciones. De mí “nunca más se supo”, porque no es políticamente correcto defender la memoria del principal estadista chileno del siglo XX, cuya denigración es la tarea común que tienen la izquierda, el centro y la centroderecha piñerista.
Fuente: http://blogdehermogenes.blogspot.cl/2017/06/traspie-de-la-justicia-de-izquierda.html
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